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11 enero 2014

Cartas a Adis: 12 de enero.

Por: Sebastián Liera.

A lo mejor te preguntes por qué elegí esta fecha para intitular esta carta que te escribo y, sintiendo un poco de curiosidad, busques “12 de enero” vía san Google; si es así, encontrarás el artículo de Wikipedia que reza eso del duodécimo día del año en el calendario gregoriano, entre otras cosas; pero, lo que la autodenominada “enciclopedia libre” no te dirá es que hace 20 años, precisamente un 12 de enero, miles de hombres y mujeres salimos a las calles para exigir que se detuviera la masacre que de suyo estaba significando la persecución contra quienes con el nombre de Ejército Zapatista de Liberación Nacional le habían declarado la guerra al entonces jefe del poder Ejecutivo federal, el priísta Carlos Salinas de Gortari, y a las fuerzas armadas bajo su constitucional comandancia general.

Decirte que la informe y multimentada sociedad civil mexicana paró una guerra que según las estimaciones más conservadoras en menos de dos semanas ya costaba poco más de un centenar de vidas quizás no te signifique nada, sobre todo cuando 20 años después ves a tu país sumido en una tragedia que habiéndose cobrado cientos de miles de vidas no parece detenerse; pero tengo razones suficientes para afirmar que fue justo ése día, el 12 de enero de 1994, que nuestra suave patria comenzó a enfilarse hacia el rumbo que ha tomado y que lanzando la mirada de vuelta a ese punto podría encontrar la clave para regresar sobre sus propios pasos.

México, hijo, lo sabe hasta don Perogrullo, es muchos méxicos; pero, desde aquél 12 de enero, los méxicos que en México son pueden agruparse sobre todo en dos tipos de méxicos: el de los que tienen por ingredientes principales la represión, el despojo, la burla y la explotación capitalistas de quienes despachan en las gerencias general y departamentales que algunos todavía llaman gobiernos federal y estatales, y el de quienes han apostado por la resistencia y la rebeldía organizadas para tejer experiencias de libertad, justicia y democracia dignas.

Antes de la irrupción del EZLN, los méxicos que en México son, si bien tenían ambas opciones, parecían no tener más alternativa que inclinarse hacia la primera. El llamado neozapatismo descorrió el maquillaje de una nación que celebraba su entrada al llamado “primer mundo” luego de que el virrey neoliberal que despachaba en Los Pinos había conseguido que olvidáramos que iba desnudo y, entre otros trucos de magia y prestidigitación, decretado la inexistencia de decenas de pueblos indígenas cuyos hombres y cuyas mujeres sobrevivían y sobreviven en la más vergonzosa de las miserias.

En medio de la líquida promulgación del fin de la historia, se escucharon fuerte y claro las voces y los pasos de quienes con solidez gritaron un “¡Ya Basta!” que hizo de la posmoderna embriaguez del libre mercado la cruda barroca de la modernidad capitalista salvaje; así que la respuesta del virrey, reducido a lo que en verdad era: gerente del México, S.A., fue ordenar el envío de helicópteros y tanquetas que bombardearon y destruyeron todo lo que pudieron a su paso. Por eso se hizo necesario, m’ijo, que saliéramos a las calles y con aquello de “¡No están solos!” y eso otro de “¡Chiapas no es cuartel, fuera ejército de él!” detuviéramos la primera sangría.

Éramos gente buena y honesta que reconocimos que la demanda del EZLN de un nuevo pacto nacional que incluyera a los pueblos indígenas era justa; no obstante, al tiempo que le exigimos al gerente de la política ficción nacional que parara la masacre, le demandamos al zapatismo que apostara por la vía política y pacífica en vez de la vía armada. El salinato nos respondió con la promesa de una serie de reformas que garantizarían dicho pacto, el zapatismo asegurando que no dispararía una sola bala más; en consecuencia, nosotras y nosotros dimos nuestra palabra de luchar por una democracia, una libertad y una justicia dignas y verdaderas para los méxicos que en estas tierras somos.

Muchos han sido y serán los errores achacables al zapatismo, hijo; pero en 20 años sus mujeres y sus hombres, que nos dieron título de Señora Sociedad Civil, no han cejado en sus intentos de construir experiencias organizativas que buscan garantizar no sólo una vida digna a sus propios pueblos, sino a las y los mexicanos todos; en cambio, el salinato, que nos redujo a asociaciones civiles asistencialistas, continuó con el desprecio, la persecución, la amenaza, el secuestro, el asesinato, la desaparición y el robo y no ceja en su intento de hacer pedazos al país todo.

El zapatismo cumplió a carta cabal su palabra y el salinato no; pero, de algún modo, desde la llamada sociedad civil ya sabíamos que eso ocurriría. Lo trágico de todo esto es que fuimos precisamente la mayoría de esa sociedad civil la que tampoco cumplimos y, hoy, en lugar de parar la guerra como lo hicimos el 12 de enero de hace 20 años, conforme hemos ido traicionando la palabra que empeñamos es la guerra la que nos ha ido parando a nosotras y a nosotros.

20 julio 2012

"Despriizar" la democracia.


Imagen: Nosotros 132 (gráfica), #yosoy132.



Que el Movimiento #YoSoy132 someta ante su Asamblea General Interuniversitaria los acuerdos emanados de la Convención Nacional contra la Imposición que, junto con el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), convocó a celebrarse en San Salvador Atenco, debe, a mi parecer celebrarse. No porque se crea que dichos acuerdos signifiquen la radicalización del #YoSoy132 que tanto desean los medios de (des)información que cubren los pasos del movimiento con el mismo vomitivo estilo con que el periodismo rosa da cuenta de las alcobas de personajes del espectáculo; sino porque con ello el #YoSoy132 refrenda su carácter democrático y levanta la voz claro y fuerte para abrazar su autonomía en la mar de luchas que sorora y fraternalmente se encontraron en Atenco.

Apenas se hicieron públicos los acuerdos de la Convención, el desprecio y la burla se dieron cita lo mismo en los chistes de las charlas de café adultocéntricas que, como dice Rossana Reguillo, saludan al movimiento tratando a l@s jóvenes como «bellas durmientes que esperaban el beso de fuego de la realidad sociopolítica del país» para salir de la apatía y la indolencia que supuestamente les caracteriza, que en los sesudos análisis de comentócratas (Luis Hernández Navarro dixit) donde se les acusa de «acarreados, ‹fresas›, cortos de miras, peones en un juego de ajedrez que no entienden» y, por ende, de ingenuos y manipulados, ora por la pseudo-izquierda partidista, ora por los revoltosos macheteros («sarcasmo», dijera Sheldon Cooper) de Atenco.

El #YoSoy132 encaja a la perfección, no obstante, en lo que Roger Bartra mencionando a John Keane nombra la monitory democracy: «nuevos y poderosos mecanismos de escrutinio no parlamentario […] que permiten vigilar a los poderes establecidos e informar a la sociedad sobre su funcionamiento [dado que] la maquinaria tradicional de la democracia representativa no es capaz de impedir que criminales políticos ocupen el poder, ni puede promover una cultura de respeto por la sociedad civil, el estado de derecho y la confianza en el gobierno». Con todo, creo que para que lo sea a cabalidad es de suma importancia darle vuelta ya a la página del conflicto post electoral, para entrarle de lleno a las luchas y discusiones que el país necesita de verdad.

Las elecciones en México, lo venimos diciendo por lo menos desde hace seis años, están viciadas de fondo. Lo están no porque su organización convoque a una panda de gente perversa y malvada que supo cómo colarse, ya no digamos como consejeros electorales en cualquiera de sus órganos, desde el Consejo General hasta los 300 consejos distritales, pasando por los 32 consejos locales, o como funcionarios del Instituto Federal Electoral (IFE) en todas y cada una de sus vocalías de organización, registro y capacitación electoral y educación cívica, sino como capacitadores-asistentes y, sobre todo, personajes de baja estofa que, por un lado, filtraron el sistema (al fin se le caía a Bartlett y lo vendía Hildebrando) para que resultaran insaculad@s (sin albur) hombres y mujeres de dudosa reputación que no tenían nada mejor qué hacer el domingo 1 de julio y quedaran como funcionari@s de casilla a lo largo y ancho del país y, por otro lado, apagaron los despertadores del 35 por ciento de representantes de casilla de la Coalición Movimiento Progresista que brillaron por su ausencia el día de los comicios («sarcasmo»); lo están porque el órgano electoral se encuentra copado por una panda, ésta sí, de personajes harto impresentables que operan desde las mafias en que se han convertido sus partidos políticos (si es que no lo han sido desde sus respectivos orígenes) y, bajo un modo muy particular de hacerlo todo, no sólo la política, han puesto las reglas del juego electoral a su gusto y conveniencia. 

Enterada de ello, ya que parte de estos operadores militan en sus filas, la pseudo-izquierda partidista le entró al juego de Juan Electorero y, como vemos, juega su juego. Hoy, sabiendo que de principio eso era imposible, exige la limpieza de las elecciones o, de lo contrario, que se anulen. Ahora resulta que quienes nos trataron con burla y desprecio por decir que debía anularse el voto para no hacer el caldo de la farsa electoral más gordo y que habría de llevarse la participación ciudadana a las calles, las fábricas y el campo, en lugar de derrocharla en las urnas, son quienes quieren anular la elección entera llevando a la ciudadanía al desgaste y dejándola a merced de los aparatos represivos.

¿Por qué ese afán de invertir todo el capital intangible de los movimientos sociales y políticos en una pugna que además de no ser suya, sino de la clase política, terminará por desarticularlos entre sí y fragmentarlos en su vida interna? Entiendo muy bien que el FPDT y la Otra Campaña hagamos todo lo que esté en nuestras manos para impedir que Enrique Peña Nieto, a quien con toda razón llamamos el «El Chacal de Atenco», despache desde Los Pinos; cuando lo hacía en Toluca ordenó, con la venía de Vicente Fox y la no muy tímida complicidad de los ayuntamientos perredistas de Texcoco y San Salvador Atenco, la represión que los días 3 y 4 de mayo de 2006 tuvo su punto más álgido y que se prolongó hasta la liberación de nuestr@s compañer@s y que hoy asoma en las amenazas que ha recibido nuestra compañera Valentina Palma. Lo entiendo y, aún así, sé que impedir su arribo a Palacio Nacional será prácticamente imposible, a menos que recurramos a los métodos violentos e ilegales que siempre hemos rechazado.

Los acuerdos de la Convención Nacional contra la Imposición que, dicho sea de paso, no sólo tienen que ser llevados a consulta por el #YoSoy132, sino por todos los colectivos, organizaciones y movimientos que allí coincidimos, tienen una radicalidad que consiste en mantenernos en una movilización social permanente, más que contra Peña Nieto, contra lo que él y su partido y el sistema de partidos que su partido creó significan y representan; no se trata, entonces, de una radicalidad que se planteé la ilegalidad como motor y razón de ser y que por lo tanto deba asustar o preocupar a nadie, salvo a quienes detentan el poder en este país. Pero es justo en esta salvedad donde está el quid de la cuestión: quienes detentan lo que llamamos los poderes de facto, los«señores del poder y del dinero», dijera Marcos, controlan los medios de comunicación que ya comienzan a hacer uso de sus recursos para justificar la próxima represión que los poderes de jure nos recetarán.

Así pasó en Atenco hace seis años. La legítima resistencia del FPDT ante la represión inicial del ayuntamiento perredista de Texcoco que con lujo de violencia arremetió contra las familias de floricultores del mercado Belisario Domínguez para reubicarlas porque «afeaban» el centro de la ciudad, sobre todo cuando la víspera había dado su palabra de que no haría tal desolojo, tuvo una escalada que salió de las manos del movimiento cuando la policía estatal (enviada generosamente por Peña Nieto) le arrancó la vida a Javier Cortés Santiago sucediendo actos que, si bien no se comparan con la violencia de Estado que vendría después ni con el mismo asesinato de Javier, de ninguna manera podíamos estar de acuerdo en que ocurrieran; esos actos fueron captados por las cámaras de Televisa y TV Azteca y con esas imágenes bajo el brazo arengaron al Estado mexicano para que nos reprimiera con toda la fuerza de que es capaz.

Por eso, tanto ellos como nosotros llamamos al operativo del 4 de mayo de 2006 «Operación Revancha»: el Estado mexicano se cobraba la doble afrenta de que un pueblo de macheteros que no entienden de modernidad ni de progreso, primero, le hubiera impedido la construcción de un aeropuerto en las tierras donde están enterrados sus muertos y, segundo, le dejara en ridículo ante todo el país gracias a la magia de la televisión: 207 pres@s sin órdenes de aprensión, decenas de casas registradas y destruidas sus pertenencias sin órdenes de cateo, más de 30 mujeres torturadas mediante violación sexual, un estado de sitio que amenazaba con alargarse hasta dos semanas después y que fue roto al día siguiente con una manifestación de Chapingo a Atenco que aún hoy me eriza la piel, años de prisión y de huir a salto de mata para escapar de ello; todo eso, y más, mucho más, ¡porque uno de nuestros compañeros propinó una serie de puntapiés a un granadero tirado en el suelo!

Peña Nieto, como dijera Lydia Cacho, no es nada. En cambio, nuestras luchas diarias, grandes o pequeñas, contra un modelo económico de producción que según Sayak Valencia tiene ya todo para ser llamado capitalismo snuff por la crueldad que acusan el necroempoderamiento y el mercado de cuerpos que lo alimentan, lo son todo. ¿De qué se trata esto? ¿Vamos a resistir sin soltarnos en una movilización social permanente que ponga en jaque el retorno al viejo régimen autoritario o, en lugar de eso, vamos a ofrendar la experiencia de lucha y resistencia del FPDT de San Salvador Atenco y la irreverente frescura del #YoSoy132 en una oposición a modo bajo el mando de las andanzas proselitistas de alguien que tiene como proyecto de gobierno una extraña mezcla de mochería nacionalista y liberalismo capitalista, para que luego, ya deshilvanadas las redes que nos articulan y nos dan fuerza, nos negocie al mejor postor mientras el país se nos cae a pedazos?

La lucha contra la imposición, oración que quedaba seductoramente abierta en la convocatoria a la Convención porque llevaba a preguntarnos: ¿contra qué nos oponemos?, no puede ni debe seguir siendo contra el candidato priista Peña Nieto y, por consiguiente, a favor del candidato priista López Obrador. Debe ser, creo, contra el presidente priista que gracias a todo el cochinero electoral de la partidocracia ha ganado unas elecciones que como dijo Javier Sicilia serían las de la ignominia. La lucha contra la imposición debe ser, creo, contra el ideario y la praxis de miseria, burla, desprecio, tortura y explotación que reside en él y, también, en sus enemigos dentro de la clase política, inoculados todos con el gen priista del crimen y la corrupción. Se trata de ser congruentes y que la declaratoria antipeñanietista que definió al #YoSoy132 desde su origen no se limite a la democratización de la democracia como la propone Keane y la sueña Bartra, sino que vaya hacia la lucha por la despriización del país, por la extirpación del gen priista que habita en todo el quehacer social, político, económico y cultural de México.

La despriización no está, ni de lejos, en los discursos, programas de lucha y proyectos de (des)gobierno de la clase política, sus partidos, sus sindicatos, sus medios de comunicación, sus socios en la clase empresarial y la jerarquía eclesiástica y las fuerzas armadas que la acompañan; está en las experiencias de rebeldía, resistencia y autonomía de los pueblos, movimientos, organizaciones, colectivos e individuos que no vemos ni escuchamos mientras estamos absortos en la lucha post electoral. El futuro nos pisa la sombra, dice Lydia Cacho, «nuestras batallas siguen siendo las mismas: otros seis años para cambiar las reglas del futuro, para defender, bajo amenaza, a la prensa libre, para evitar los oprobios del poder, para cuidar nuestra integridad sin negociar nuestros principios, para proteger a nuestras familias de la violencia y la corrupción, para construir un país que deje de creer que las elecciones cambian nuestras vidas.»

02 julio 2012

Falta lo que falta.



Nadie somos.
Solos estamos y sólo con nuestra dignidad y con nuestra rabia.
Rabia y dignidad son nuestros puentes, nuestros lenguajes.
Escuchémonos pues, conozcámonos entonces.
Que nuestro coraje crezca y esperanza se haga.
Que la dignidad raíz sea de nuevo y otro mundo nazca.
[…]
Vernos, mirarnos, hablarnos, escucharnos hace falta.
Otros somos, otras, lo otro.
Si el mundo no tiene lugar para nosotr@s, entonces otro mundo hay que hacer.
Sin más herramienta que la rabia, sin más material que nuestra dignidad.
Falta más encontrarnos, conocernos falta.
Falta lo que falta.

Subcomandante Insurgente Marcos.


Son casi las 12 del medio día, había apagado el ordenador pasadas las 6 de la mañana pensando en que dormiría sólo un par de horas para ir a votar; sí, era 1 de julio de 2012. Lamentablemente, eran poco más de las 11, las 11:32, cuando vi el reloj del teléfono móvil cuyo plan tarifario no he podido pagar por enésima vez… pero, esa es otra historia.

«¡Carajo! –me dije–, la cola en la casilla va estar de la chingada» A pesar de la premonición nada extraordinaria: he sido consejero electoral distrital del IFE en dos procesos electorales y conozco de primera mano cómo se ponen las cosas en las casillas especiales, tardé todavía un poco más en acelerar el paso hacia la ducha y, de allí, con un titipuchal de estaciones intermedias, el lugar donde el Consejo Distrital 04 del IFE en Yucatán decidió ubicar la Casilla Especial 51.

En la casilla de los foráneos.

Supongo que pasaban de las 12:00 i.m. cuando dejamos atrás el parque de Mejorada para llegar por la calle 59 a la puerta del Centro Cultural del Niño Yucateco (CECUNY), donde un cartelón escrito a mano decía: «Casilla Especial». No me equivoqué: la fila de ciudadan@s, buena parte de ell@s aguardando desde las 8 de la mañana según su propio dicho, daba vuelta la esquina de la 59 por la 48 hacia el sur hasta la esquina con la 61, donde unos jóvenes médicos, quizás residentes, parecían marcar su final; no era así: la cola continuaba, cruzando el arroyo, sobre la escarpa norte de la 61 hacia la 46.

Aquella era una situación algo extraña; al menos, una que no imaginaba: más que la casilla especial, ésa era «la casilla de foráneos» y, más pronto que tarde, una cierta sensación de extranjería compartida fue rompiendo las resistencias que, por no conocernos un@s a otr@s, nos distanciaban. Así, unos cuantos metros más adelante y media hora más tarde, ya estábamos platicando con el vecino que venía de Chiapas sobre la lentitud del avance y lo curioso de que en los hasta entonces últimos veinte minutos ya nos hubieran ido a contar dos veces para decirnos hasta qué persona formada en la fila podríamos votar.

Otros dos cuartos de hora después habíamos podido cruzar el arroyo de regreso para avanzar hacia el norte por la escarpa poniente de la calle 48. De las 2 a las 4.30 de la tarde pudimos caminar casi todo el trecho de la cuadra oriente de la manzana del CECUNY, mientras los rumores, junto con el marcador del triunfo de la selección española de futbol sobre su similar de Italia de cuatro goles a cero, comenzaron a sucederse entre la oferta y la demanda de chicharrones, kibis, aguas, bolis y raspados: «ya se van a acabar las boletas», «otras casillas especiales ya cerraron y están mandando a todo mundo para acá», «la señorita que está haciendo la captura no muy bien sabe cómo hacerlo».

Con todo, uno de los dos rasgos más significativos para ese momento fue la iniciativa de un par de ciudadanos, un hombre y una mujer, de preguntar cuántas boletas quedaban realmente y, a partir de allí, enumerar con marcador en mano a cada una de las personas que íbamos en la fila. 510 fue el número total; a mí me tocó que me pintaran el brazo, cual prisionero en campo de concentración alemán, con el #459. El otro, fue una especie de pasarela de una pareja de jóvenes donde ella, embarazada, llamaba la atención de todos los presentes gracias a que aprovechando la redondez de su vientre había pintado sobre éste un disco de prohibición cancelando un signo de pesos encerrado todo en la leyenda: «mi voto no se vende».

Serían las 5 de la tarde cuando, a la altura del portón que da al estacionamiento del CECUNY, me desprendí de la fila para ir a ver qué pasaba en la casilla y porqué estábamos avanzando tan lentamente. Aquello era un galimatías sin pies ni cabeza que me recordó cuando nos reportaban los capacitadores-asistentes electorales que en las casillas especiales del IMSS, Las Palmas o Paloma de la Paz, en Cuernavaca, Morelos, los ciudadanos estaban comenzando a llegar a las manos. En todas y cada una de ésas veces, cuidando de no romper el quorum de la sesión de Consejo, siempre hubo un consejero electoral que hiciera acto de presencia para informar a las y los ciudadan@s la situación siempre delicada de las casillas especiales; aquí no sucedió así.

¿Quién organiza toda esta desorganización?

La demanda más sentida, junto con lo que nos parecía una demora que ya se había extendido demasiado, era entonces la falta de información por parte de las autoridades electorales, incluyendo los propios funcionarios de la casilla. Así las cosas, sin pensármelo demasiado, le entré al toro de recordar a quien quisiera oírlo que la ley establecía un máximo de 750 boletas y que la insuficiencia de las mismas no era culpa de los funcionarios de la casilla, sino de la norma electoral que, eso sí, daba facultades a los consejos distritales de decidir el número y la mejor ubicación de las casillas especiales.

Esto de la ubicación no era poca cosa; en el mismo lugar estuvieron concentradas las casillas básicas de la sección 0458 tanto para la votación federal cuanto para la local, cuya afluencia, al mezclarse con el de la casilla especial sin nadie que pusiera un mínimo de orden en el flujo de personas, hacía de la entrada del CECUNY un cuello de botella.

Fuimos l@s mism@s ciudadan@s, con ayuda de un par de representantes de partidos políticos que pronto se tuvieron que deshacer de sus pins que les identificaban como tales, quienes nos organizamos para hacer de aquello algo más transitable: entre las 17 y las 18 horas pasaron por la puerta del CECUNY poco más de 40 personas que sufragaron en la casilla especial; de las 6 de la tarde en adelante el flujo, ya organizado, fue de casi 100 personas por hora: de haber continuado con el ritmo anterior, mismo que entre las 8 de la mañana y las 5 de la tarde permitió el paso de sólo unas 400 personas, en lugar de las 9 de la noche hubiéramos terminado hasta la 1 de la madrugada.

Gracias a la actitud cívica de buena parte de las y los ciudadan@s hacia el final de la jornada, aquello pudo llevarse sin contratiempos mayores a los que ya habían venido ocurriendo. Durante la jornada sucedieron algunas cosas que pudieran haberse considerado a simple vista como delitos electorales, como el hecho de que por lo menos tres vehículos pasaron frente a la fila con propaganda partidista pegada en sus vidrios traseros: dos con propaganda de Enrique Peña Nieto y uno de Josefina Vázquez Mota, de que no faltó quien expresó públicamente la intención de su voto estando aún formado en la fila o de que, a diferencia del presidente de la casilla básica para la votación local, el de la casilla similar para la elección federal no salió a preguntar si quedaban todavía ciudadanos de la sección que estuvieran por votar; pero difícilmente podría haberse consignado algo de eso como una violación al articulado en materia de delitos electorales del Código Penal Federal, dado que, en el primero y segundo casos, no hubo presión objetiva a ningún elector con el fin de orientar el sentido de su voto y, en el tercero, la no consulta no obstruyó la votación de nadie.

Todos son, no obstante, pequeños botones de muestra de una actitud tanto cívica cuanto organizativa de la propia ciudadanía que deja mucho qué desear; como aquellos otros donde algunas personas, las primeras de la fila, se resistían a que pudieran pasar a votar sin formarse otras de la tercera edad que era evidente que apenas y podían andar u otras con alguna discapacidad motriz que esperar lo mismo que quienes no tenían alguna discapacidad evidente les hubiera significado inclusive alguna lesión. Muy diferente, para decirlo en descargo de quien tiene una actitud de respeto y civismo, del señor que habiendo salido de la formación cuando se percató de que había olvidado su credencial para votar preguntó si podía entrar a la casilla porque su turno ya había pasado y, cuando la gente le dijo que no, aguardó hasta que pasara el último de la fila hasta ése momento, o de la señora que perdió su viaje de regreso a la ciudad de México porque no quiso irse sin haber votado.

La organización en torno a las casillas especiales siempre ha implicado para la autoridad electoral un dolor de cabeza; por una parte, los consejos distritales, en tanto organizadores operativos de la jornada, no parecen darse cuenta muchas veces de que en dichas casillas habrá conflictos y de que será necesario que un consejero esté constantemente dando explicaciones a la ciudadanía; por otra, la información con que cuenta el/la ciudadan@ siempre parece carecer de elementos para normar criterios acertados y asertivos que, sumados a la desconfianza para con el Instituto, hacen de todo aquello un caldo de cultivo para la confrontación muchas veces gratuita.

Si a esto aunamos que, en lo operativo, no faltamos l@s ciudadan@s que habiendo cambiado de domicilio o teniendo nuestros pueblos cerca no actualizamos nuestra credencial para votar ni acudimos a nuestra sección para dejar más boletas libres a quienes estando en la entidad por vacaciones, estudios o trabajo decidieran acudir a la casilla especial o que, en lo ideológico, hay quien tiene por consigna descalificar de antemano el trabajo del Instituto entorpeciendo la organización más que ayudando, las causas por las cuales miles de ciudadanos pueden llegar a quedarse sin votar, ora por insuficiencia de boletas, ora por hartazgo de la espera, se multiplican casi exponencialmente.

Y, luego, ¿qué?

Son las 6 de la mañana del día 2 de julio, el ex presidente Vicente Fox debe estar celebrando en casa su cumpleaños y su segundo triunfo, «haiga sido como haiga sido» (Calderón dixit), contra Andrés Manuel López Obrador: los datos del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) lo colocan, amén de lo que arrojen los cómputos distritales a partir del próximo miércoles, casi 5 puntos porcentuales por debajo de Enrique Peña Nieto; a este ritmo la distancia en el PREP entre uno y otro podrá llegar a ser de entre 6 y 7 puntos porcentuales, acorde con los datos demoscópicos de encuestadoras como Berumen e Ipsos-Bimsa, y no del 13 por ciento que reportó el Conteo Rápido del IFE a partir de las 8 de la noche de ayer, ni mucho menos de los entre 15 y 20 puntos porcentuales que empresas como Mitofsky, Parametría, GEA/Isa o Idemerc-Harris propagaron en Televisa, la cadena de medios en posesión de Vázquez Raña, Milenio y el Financiero, respectivamente.

Será muy difícil que los cómputos distritales y las diversas denuncias ciudadanas declarando que hubo fraude electoral puedan revertir el triunfo del priísta que al frente del gobierno del estado de México y en connivencia con Fox y Calderón mismos, silencio cómplice del perredismo incluido, reprimió con saña y lujo de violencia al pueblo de Atenco, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y la Otra Campaña hace seis años. Tocará, pues, a los pueblos, organizaciones y movimientos de todo tipo hacer frente y resistir un sexenio en el que imperarán, por mencionar sólo tres elementos, la represión sistemática contra la disidencia más organizada, la continuación de una práctica económica lesiva para los más en beneficio de los bolsillos de los menos y la consolidación de un modelo educativo que tendrá en Elba Esther Gordillo y el duopolio televisivo de Televisa-TvAzteca sus exponentes por antonomasia.

No me llamo a engaño: quienes siempre dijimos que ganara quien ganara tendríamos que organizarnos porque en medio del table dance que significaron las campañas políticas la única certeza que teníamos era que ningun@ de l@s contendientes acotaría un modelo de producción económica de suyo criminal como el capitalismo y con ésa misma certeza acudimos a las urnas para anular nuestro voto, dejarlo en blanco o anotar el nombre de nuestras demandas en el recuadro de «candidatos no registrados», sabemos que más allá de la política del arriba está una política muy otra, del abajo y a la izquierda.

Hace seis años una campaña, con más cara de fascismo que de democracia, repetía hasta el cansancio que si no votábamos nos calláramos; hoy, a nuestra posición se le tildó de «voto inútil» porque el pragmatismo y los números, y no las ideas y los principios, suelen marcan el actuar de cuando se juega el juego de la política de arriba. No nos abstuvimos, votamos por lo que creíamos; sólo que nuestros sueños de por sí no estaban en sus urnas. Están en la construcción hombro con hombro de los pueblos indígenas en resistencia, en los movimientos sociales que no se dejan cooptar por los partidos políticos, en las organizaciones honestas de la sociedad civil, en l@s trabajadorxs que luchan por democratizar de raíz sus sindicatos, en quienes resisten con dignidad la expulsión económica de sus lugares de origen, en quienes enfrentan día con día el embate de empresas abrigadas en legislaciones que les permiten saquear y contaminar recursos naturales, en quienes hacen del arte y la cultura vasos comunicantes para fortalecer el multimentado tejido social que el capitalismo pulveriza, en quienes no olvidan a sus muert@s de muerte injusta y desaparecid@s ni lo perdonan.

01 julio 2012

Votar o no votar, ¿es ésa la cuestión?


Imagen tomada de El blog de LaAlquimista.

Asistimos como país a nuestra enésima cita electoral; para estas alturas, prácticamente todas las personas en edad y con posibilidades de votar en México, ya saben qué harán con su boleta. Habrá quien la tache sobre alguno de los nombres de los candidatos y la candidata, sin importarle el partido; habrá a quien sea el partido lo que les importe y no el nombre de los y la aspirantes; habrá quien, con un poco más de información, sufrague por el personaje de su elección cuidándose de favorecer o no tal o cual lista plurinominal; habrá quien, argumentando que ninguno de l@s candidat@s y mucho menos sus partidos le representan, anulará (no se abstendrá) su voto.

Éticamente, es lo que esperamos que ocurra; sin embargo, votar implicará también una larga sucesión de cálculos, algunos políticos, otros no tanto, que tendrán como escenario el plano de lo moral. Si la elección fuera un circo, y aquí la analogía no quiere ser peyorativa, la primera de sus pistas en este plano sería la propia ley que regula el proceso; una segunda pista será el actuar de, para decirlo de algún modo, los aparatos partidistas de la y los contendientes, y, amén de miradas más complejas, una tercera pista, tan definitoria como las anteriores, serán las razones por las que cada quien decida ir o no a las urnas.

He sido consejero distrital del Instituto Federal Electoral (IFE) en dos procesos electorales. Sé, porque conozco de historia, el largo camino que ha significado contar con una institución como el IFE y sé, porque he participado de ello, el enorme trabajo que hay detrás de cada vez que se organiza una elección y los candados técnicos y operativos que por ley blindan dicha organización; pero sé también que la composición de los órganos electorales se decide por acuerdo entre los partidos políticos y que los operadores de estos lo que menos buscan es garantizar un proceso que se caracterice por su certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad.

La limpieza de la elección recaerá sobre los hombros de los consejos electorales distritales, locales y general… de la elección federal, quiero decir; limpiar los cochineros estatales será la tarea titánica de los institutos de cada entidad… pero la responsabilidad de que no suceda no será sólo suya: el IFE no es una persona, es una institución cuya acreditación se la da, por un lado, la ley que lo rige y, por otro lado, las personas que participan en su seno. La ley que norma el actuar del IFE garantiza la limpieza de la organización de la elección, pero no la limpieza de la elección; ambas, la elección y su organización, tendrán un alto grado de credibilidad si las personas que organizan la elección misma, desde consejer@s electorales hasta funcionari@s de casilla, hacen lo que moral y éticamente tienen que hacer.

¿Qué podrá impedir que las y los ciudadan@s que están a cargo de la organización de la elección hagan lo que moral y éticamente están obligados a hacer? La estructura electoral de los partidos políticos, dentro y fuera de estos. Son los partidos políticos los que, desde el Legislativo, han diseñado las reglas del juego electoral; ellos, sus operadores políticos, ora diputados y senadores de política abierta a quienes la ciudadanía podría vigilar si quisiera, ora cabilderos de politiquería soterrada que nada más rinden cuentas a sus jefes, han determinado moralmente qué leyes normarán, calificarán y sancionarán la elección.

Los partidos políticos, por sólo citar una cadena de sucesos que pueda servir de ejemplo, han avalado la concentración de poder mediático en una o dos empresas de telecomunicaciones gracias al otorgamiento indiscriminado de concesiones sobre el uso del espectro radioeléctrico; han impulsado que esa o esas empresas se hayan convertido, para decirlo con la R., en la verdadera Secretaría de Educación Pública de este país, y han permitido que, con ése poder, puedan apoyar a un candidato que a pesar de haber rebasado insultantemente los topes en los gastos de campaña siga contendiendo por un puesto de elección popular.

Los partidos políticos, como el IFE, no son en sí mismos personas (a menos que desde el lenguaje técnico de las finanzas se nos recuerde aquello de las personas físicas y las personas morales); son organismos de personas. A esas personas, en mayo de 2011, un escritor, poeta para más señas, les pidió que limpiaran el cochinero que tenían por partido o, de lo contrario, éstas serían «las elecciones de la ignominia». El poeta había perdido a uno de sus hijos trágicamente, de manera similar en que miles de familias han perdido a sus hijas, hijos, madres, padres, amigas y amigos; junto con algunas y algunos de esos familiares se sentó frente los señores, y una que otra señora, del poder para poner fin a tanta pérdida. La respuesta de las personas que militan en o simpatizan con algún partido político, incluyendo claro a los señores y una que otra señora del poder, fue el desprecio, el engaño y la burla.

Las reglas del juego están puestas y, con esas reglas y por quienes en el juego juegan, las elecciones que ¿celebramos? son, en buena medida, un cochinero. A qué grado lo será dependerá de si nos quedamos o no en casa a ver la final de la Eurocopa, o a cualquier otra cosa, en lugar de ir a las urnas; de si, siendo funcionario de casilla, pongo cuidado o no en todos los detalles para velar por que las urnas y boletas bajo mi responsabilidad sirvan su cometido; de si, siendo representante de partido en la casilla, velo por los intereses de mi partido o por la limpieza de la elección; de si, siendo observador electoral, con acreditación oficial o sin ella, sigo o no lo que la ley marca en la materia; de si, siendo consejero electoral, vigilo o no que se cumplan a cabalidad los cinco principios rectores de la labor del Instituto; de si, siendo integrante de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales, llevo a cabo o no mi trabajo, o de si, siendo magistrado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, sanciono o no la elección conforme a derecho.

Pero, sobre todo, dado que los partidos políticos (y sus candidatas y candidatos) seguirán haciendo hasta lo imposible por mantener de pie su cochinero, la tarea de la limpieza recaerá sobre los hombros, los codos, las piernas, las manos, los pies, las rodillas, la palabra y la imaginación ciudadanas más allá del simple y llano acto de acudir a las urnas, tomar la boleta y marcar nuestra opción, ora por uno, dos o tres de esos partidos, ora por uno o una de sus candidat@s, ora por ningun@.

Afuera de las urnas nos esperan las trasnacionales que esos mismos partidos y candidatos han beneficiado con leyes de todo tipo para saquear la riqueza natural del país; nos espera el crimen organizado, no sólo los cárteles de la droga, con el cual esos mismos partidos y sus candidatos siguen tejiendo alianzas legales e ilegales en aras de su desmedida ambición y, en el menos peor de los casos, la corta mira de su conservadurismo ramplón; nos espera un sistema político que en respuesta al modelo de producción económica que lo domina militariza las calles y criminaliza tanto la pobreza cuanto la disidencia; nos espera un modelo educativo intencional e irresponsablemente anquilosado en prácticas de reproducción dogmática del conocimiento; nos esperan organizaciones gremiales de todo tipo, no nada más sindicales, que democratizar de raíz. Nos esperan, en fin, un montón, un titipuchal, un chingo de cosas por hacer, discutir, cambiar, acaso revolucionar; pero para eso el paso indispensable será organizarnos.

Asistimos como país a nuestra enésima cita electoral; sin embargo, ¿cuándo podremos decir que estamos también teniendo un encuentro verdadero con la democracia?

26 abril 2012

¿Quién es el destinatario?


La tarde del viernes 20 abril de 2012, Mario Arturo Acosta Chaparro Escapite llegó al taller mecánico de Lago Trasimeno esquina con Lago Como de la colonia Anáhuac, en la ciudad de México, para recoger un auto Mercedes Benz color arena de colección que había dejado días atrás para su compostura; lo que encontró, a estas alturas quién no lo sabe, fue la muerte.

Sin embargo, aun muerto Acosta Chaparro es de esos personajes que representan como pocos el más triste de los papeles que han jugado las fuerzas armadas en la historia reciente de México: ora cuerpo represivo del Estado y su aparato político, ora cómplice de las redes del crimen organizado; dos entidades, sistema político y crimen organizado, que muchas veces no son sino la misma cosa.

Mucho se ha especulado acerca de las implicaciones del homicidio contra Acosta Chaparro. Sobre todo, amén de saber quién ordenó la ejecución de un general que se retiró con honores y galardonado luego de ser absuelto de los crímenes de lesa humanidad que cometió durante las últimas décadas del siglo pasado y de sus vínculos con el narcotráfico, acerca del mensaje que hay detrás del acto de quitarle la vida al operador estrella del calderonato en materia de seguridad nacional.

¿Quién es el remitente de este mensaje? ¿Quién el destinatario? ¿A quién le preocupaba lo que el ex Brigada Blanca, ex jefe de la policía estatal en Guerrero y Veracruz, ex protector del “Señor de los Cielos” y ex contacto de Calderón con los distintos cárteles de la droga supiera y pudiera contar? ¿A quién le interesa que su asesinato sea investigado con el perfil más bajo y el mutismo más absoluto que sean posibles? ¿Qué piensan en las fuerzas armadas de que, en mitad de una mal llamada “guerra contra el narcotráfico” que las ha expuesto y evidenciado como nunca antes, uno de los suyos, “patriota y abnegado” para unos, “torturador y sanguinario” para otros, “uno de los más cabrones” para todos, haya sido cazado como a un perro rabioso en plena vía pública?

En mayo de 2011, Javier Sicilia emplazó a los partidos políticos para que se deslindaran de los personajes que desde el seno de sus institutos habían sido y siguen siendo cómplices del crimen organizado; los profesionales de la política no sólo hicieron oídos sordos a la demanda del poeta, sino que colocaron a varios de estos sujetos en sus listas de candidatos a elección popular o de representación proporcional.

Por eso, y no por la influencia cienciológica del pseudopacifista hijo de Carlos Salinas de Gortari como asegura Julio Hernández López en su columna “Astillero” (La Jornada, 23/04/12), es que el líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad ha dicho que éstas son “las elecciones de la ignominia”, que los partidos políticos nos conminan a votar en realidad por los cárteles de la droga que los tiene copados y, en consecuencia, llama a anular el voto.

Para algunos, la convocatoria al voto nulo o en blanco es un gesto reaccionario y, con disquisiciones legaloides, argumentan que ello significaría, a final de cuentas, votos a favor del sistema que los mismo “anulistas” decimos aborrecer; para otros, quienes vemos que los partidos políticos y sus candidatos no tomaron distancia de los delincuentes que cohabitan en sus entrañas, que entendemos que el crimen organizado es justamente una pieza fundamental del sistema mismo y que en cada nueva declaración observamos la burla y el desprecio propios de la demagogia electorera, votar es, precisamente, votar por ése sistema.

Tres días antes del atentado contra Acosta Chaparro, una capacitadora asistente electoral del IFE, Guadalupe Villanueva, había sido también asesinada por “personas desconocidas”. Estamos hablando, pues, de que dos de los puestos que se encuentran en los extremos del organigrama del sistema político mexicano han sido lacerados. Parecería, entonces, que el mensaje que el crimen organizado ha lanzado a quien quiera y pueda oírlo es que tiene la facultad operativa de controlar todo el aparato del cual el sistema, legal o ilegalmente, echará mano en estas elecciones.

En este escenario, anular o no el propio voto es, con más claridad, una cuestión de principios, un acto moral en medio de la inmoralidad que ya de por sí significa un proceso electoral que continúa como si el país no se estuviera cayendo a pedazos. Serán las condiciones objetivas y subjetivas las que determinarán cuál de las dos posiciones habrá sido la retrógrada; pero, al margen de ello, urge que la sociedad civil, los movimientos populares y las luchas sociales veamos que el mensaje del crimen organizado es también para nosotros y no sólo para sus enemigos en el juego del poder.

Dicho de otra manera, votemos o no votemos, hoy, más que nunca, sociedad, movimientos y luchas debemos articularnos tanto para fortalecer las experiencias autonómicas que sí están  respondiendo a la pregunta de cómo darle vuelta a esta página de nuestra historia, cuanto para propiciar el surgimiento de experiencias nuevas; construir otra forma de hacer política (una que no tenga incrustado hasta el tuétano el modus operandi priísta). De lo contrario, el fractal que de suyo es el crimen organizado crecerá hasta carcomer por completo el multimentado tejido social y salir de esta pesadilla será prácticamente imposible.