29 abril 2008

El beso de la mujer araña.

Para Nacho del Valle y Tito Vasconcelos.

PRIMER ACTO: Hace casi dos años, los gobiernos perredista del municipio de Texcoco, priísta del Estado de México y federal panista orquestaron un golpe represivo en contra de la Otra Campaña resultando con ello cientos de presas y presos políticos, algunos de ellos, como Ignacio del Valle, Felipe Álvarez y Héctor Galindo, condenados hasta por 67 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad.
SEGUNDO ACTO: Apenas hace unos días, el gobierno perredista de la Ciudad de México detuvo a través de la PGJDF al actor y defensor de los derechos de la comunidad LGBT bajo la acusación de corrupción de menores y, luego, violación.
TERCER ACTO: En la ciudad de Puebla, una compañía de teatro lleva a la escena la obra "El beso de la mujer araña", de Manuel Puig. Escrita hace más de 30 años, este melodrama cuenta la historia entre Valentín, preso político, y Molina, preso por corrupción de menores... después de tres décadas, Nacho y Tito parecen revivir, a la distancia, esta misma historia.

Esta es la reseña.


Siempre he creído que escribir sobre un montaje teatral sin conocer los entresijos del proceso creativo que lo hizo posible es, por decir lo menos, pecar de soberbia. ¿Qué sabe el crítico, o la crítica, de los avatares de una puesta en escena como para erigirse en una suerte de arcángel dionisiaco y apuntar con su dedo acusador lo que desde su propia subjetividad satisface o no el filo de su espada disfrazada en odre?

Nada. Y, sin embargo, su pluma se mueve.

La última vez que estuve en Espacio 1900 para ver una obra de teatro fue en 1997, cuando las Quintas Jornadas Internacionales de Teatro Latinoamericano, y lo que recuerdo es que de no haber sido por las conversaciones entre pasillos con el maestro Carballido y los cáusticos comentarios de Marko Castillo al final de cada jornada toda aquella pedantería me hubiera sido francamente insoportable. Así que, de principio, ya tenía mis reservas.

La diferencia ahora estriba en que se trataba de un texto dramático que cuando lo leí por primera vez en mi no muy lejana adolescencia me marcó profundamente, un melodrama que cuando lo vi llevado al celuloide por Héctor Babenco en su filme de 1985 no pude sino enamorarme de sus personajes protagónicos.

El beso de la mujer araña es una obra que nos presenta frente a frente dos mundos que en principio creemos irreconciliables por obra del dogmatismo y el miedo a lo diferente, pero que pronto descubrimos que estamos equivocados. Aquí, como en todo melodrama que se precie de serlo, el conflicto radica en el enfrentamiento entre el bien y el mal: lo que para el autor es el bien y es el mal. Sólo que a diferencia de los melodramas a que nos tiene acostumbrado el dúopolio televisivo mexicano en sus dosis diarias de mierda, Manuel Puig nos regala un texto donde lo mejor de la humanidad está representada en estos dos personajes: un homosexual que orgullosamente se asume como tal, con todas sus consecuencias, y un hombre de izquierdas preso por sus ideas, aunque dude de ellas.

Para el autor de Pubis angelical el mal no está pues representado por Valentín, como quisiera la derecha populístamente antipopulista; ni por Molina, como anhelaran esos nuevos paladines de la “pureza cultural” que convocan a madrear a las y los emos porque, acusan, “son putos”. No, para el también perseguido y amenazado Puig, el mal está en otro lado: en el sistema penitenciario que tiene a estos dos hombres presos por el delito de ser lo que son, aparato judicial ad hoc de los otros sistemas, mucho más grandes, que hacen posible que estos absurdos sean una realidad ya entrados en el Siglo 21: el capitalismo en todas sus expresiones, cuya permanencia no es sino un acta de defunción para la humanidad entera, y el socialismo que, por ejemplo, en Cuba hace posible la detención de poetas y homosexuales mientras instaura de facto una monarquía caribeña.

Porque el discurso de Puig, atravesando su novela y después su obra de teatro, es de libertad; pero también de respeto, amor y dignidad. Y lo menos que podríamos esperar de su montaje es que estos cuatro ingredientes estuvieran en juego. En lo personal, no dudo que Jorge Zago, el director de la versión que se presenta en el Espacio 1900, se haya guiado por estos conceptos; pero el resultado en escena hace pensar que faltó más compromiso en este sentido por parte de toda la compañía. Hasta el programa de mano es un reflejo de ello: ni siquiera sabemos a quien agradecer la pintura escénica, la realización del vestuario, la disposición de la utilería, el diseño de iluminación o la escenografía sonora.

Confieso que además de lo entrañable que me es El beso de la mujera araña, llegué al 1900 con una doble curiosidad: conocer el trabajo de Víctor Rubén, colega egresado de la ENAT (cuando era EAT) del INBA y de quien sólo había leído a través de la RED@ctuar y la Revista Mexicana de Teatro PasoDeGato, y, con no poco morbo, verificar qué celebraba Amancio Orta, de quien su paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ya me hacía, si no quitarme el sombrero, sí tenerle algo de respeto. De cualquier manera, 30 años en escena se dicen más fácil de lo que en realidad se cumplen.

Las reservas iniciales para con el lugar se volvieron casi negativa total cuando el escándalo de la discoteca en la planta alta se me presentaba como insalvable, ensuciando sonoramente la puesta en escena. Por fortuna mis reticencias se desvanecieron cuando pasamos al pequeño teatrito, algo incómodo, pero aislado por obra y gracia de unos cartones de huevo a duras penas ocultos.

Le pedí a mi compañera que nos sentáramos lo más cerca posible al escenario, dispuesto al ras de la primera fila de butacas, sin telón de boca, como en los pequeños espacios que posiblemente han alojado la obra de Puig en Argentina tras la caída de la dictadura militar; no quería perder detalle de los gestos más sutiles ni de los ademanes más pequeños.

Una a una, las llamadas una y dos se sucedieron y la voz de Edith Piaf (creo que en L’accordéoniste) preconizó, aunque con descuido del técnico en cabina, la tercera con la consabida petición de apagar teléfonos móviles o, como se dice por estas tierras, “celulares”. El oscuro, segundo indicio de que la puesta no correría riesgos (el primero fue la Piaf cantando a través de las bocinas), bañó escenario y sala para dar oportunidad a que Orta y Rubén se colocaran en su sitio para comenzar a ceder su lugar a Molina y Valentín, respectivamente.

Y esto de “comenzar a ceder” fue tal cual. La primera sensación que tuve fue que Víctor y Amancio iniciaron como “calentando motores”. Fue más evidente en Víctor, a quien además sentí “yendo y viniendo”, soltando a veces la ficción, dejando que Valentín apareciera esporádicamente, inclusive algo cansado y distraído. Con Amancio fue diferente, no se veía tan cansado y pronto permitió que Molina llegara a la cita conmoviéndonos en lo posible.

Muchas veces hemos oído que cuando las cosas salen bien hay que agradecerlo a los actores y cuando salen mal culpar al director; en lo personal, además de injusto, me parece incorrecto: como histriones que son más que marionetas, creadores también de su propia dramaturgia, los actores son soberanos de lo que suceda en escena durante cada función y creo que esta vez Amancio y Víctor salieron a darnos una muestra de lo que saben hacer, de cuan concientes son de su cuerpo (aunque no se pueda decir lo mismo de su volumen de voz), de que tienen oficio; pero que decidieron plegarse por entero a la dramaturgia de la puesta en escena ideada por Zago, aportando quizás a lo largo del proceso, pero no ya (o al menos no mucho más) durante la temporada.

Y, claro, las preguntas fueron entrando y haciendo mutis una tras otra: ¿Qué hubiera sucedido si, en vez del lugar común que imagina al militante de izquierdas como un hombre de una sola pieza, dogmático per se y hasta “heroicamente” insensible, lo que parece quererse representar con una dicción casi sin matices, Zago hubiera permitido que Víctor se dejara tocar más, sólo un poco más, y que eso se viera reflejado en los registros vocales? ¿Qué, si Amancio hubiera tenido un poco siquiera de relación con las fotografías de las divas del cine nacional pegadas en la pared, y que éstas fueran también las actrices de otras cinematografías, europeas por ejemplo, alemanas para más señas?

Entiendo perfectamente que Puig al escribir su melodrama nos presenta personajes tipo, poco o nada complejos, hasta predecibles; pero si en lugar de seguir lo marcado por Babenco en su película y la propuesta de Raúl Juliá interpretando a Valentín, Zago y Víctor hubieran explorado un poco más las contradicciones del personaje a lo mejor tendríamos a un Valentín con trayectoria propia, partiendo del momento de clara autosuficiencia que le permite todavía burlarse de las narraciones cinéfilas de Molina y yendo al de la pérdida total, o casi total, de la esperanza, al cuestionamiento de la bondad y viabilidad de los propios ideales.

No sucede así, Víctor parece quedarse corto y Valentín apenas y asoma la cabeza por el escenario, y es una lástima; hay momentos en los que Víctor se da permiso de ser más tierno que lo que el lugar común se lo permitiría, entonces salimos ganando todos: el mismo Rubén, su personaje y el público, que llegábamos a sentir compasión por ambos. Porque es esa ternura, en medio de la desolación de quien se sabe perdido por una causa de la que, insisto, empieza a dudar, lo que hace de Molina la “mujer araña”. Valentín tiene que llegar a ser ése náufrago de su propio sueño, en un naufragio que no es otro que el del ideal percibido como inútil, el da la insuficiencia inicial hecha añicos tras reconocerse como el pequeñoburgués que su dogmatismo tanto persigue y culpa.

De esta suerte, Molina sería obligado también a encarar sus propias contradicciones. Aquí, Orta nos regala más tela de donde cortar. Sabe que en sus hombros recae el peso del personaje protagónico y lo despliega con esa misma conciencia ante nuestros ojos con oficio: se ven las tres décadas de tablas. Pero nuevamente Zago parece ceñir al actor con lo hecho por William Hurt o, peor aún, con lo ya probado por el mismo Zago en las quien sabe cuantas veces anteriores veces que ya ha montado El beso de la mujer araña.

Y aquí aparecen las más dolorosas de las preguntas: ¿Está Zago repitiéndose? Y, por causa de esta repetición, ¿está impidiendo que Amancio y Víctor exploren en escena más de lo poco que quizás experimentaron durante el “laboratorio”? ¿Hubo laboratorio de puesta en escena o sólo se trata de un cartabón probado hace unos años y vuelto a montar tras desempolvarlo?

Espero que la respuesta sea un no en todos los casos, porque lo contrario sería una falta de respeto para todos. En principio para Manuel Puig, porque ahora que las derechas y las izquierdas en el poder, por más modernas y democráticas que digan ser, repiten el modus operandi de sus antecesoras: las derechas retrógradas y fascistas que persiguieron a Puig y censuraron su obra, poblando el país con centenares de presos políticos y emprendiendo persecuciones morales contra la diferencia, El beso de la mujer araña recupera una vigencia (si es que alguna vez la había perdido) que a todos debería preocupar.

En segundo lugar, Jorge Zago nos ha regalado en este montaje un tratado inteligente y sensible del melodrama más famoso de Puig; no sería justo para él mismo conformarse con repetir lo que ya antes le ha funcionado. Como tampoco lo sería para Amancio ni para Víctor, quienes merecen ser parte de un proyecto en el que no sólo sean marionetas que respondan al deseo de un director (por más honesto que éste sea) como lo postulara Craig. Y menos lo sería para un público ávido de ver teatro (la sala estaba llena y la temporada ya tiene sus buenos meses en cartelera), que seguramente agradecería la temeridad del director, lo mismo que la generosidad de estos dos actores que, estoy seguro, nos pueden dar mucho más.

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